Canadá (Richard ford, 2012)

“Cosas que hiciste. Cosas que nunca hiciste. Cosas que soñaste. Al cabo de un tiempo, todas se mezclan”

Richard Ford se mete en la piel de un profesor cerca de la jubilación que repasa su vida con honestidad, madurez y en confianza. Y empieza fuerte: “Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas.”

A partir de aquí, Ford construye la novela con la maestría de los grandes escritores de siempre. Canadá se une a un elenco de grandes obras formado, entre otros, por la serie de libros de Frank Bascombe y Rock Springs, un conjunto de relatos que sigue los cánones del realismo sucio americano.

Se reconoce la huella de Ford desde el principio: la capacidad para avanzar una trama con gancho mientras, con disimulo, va diseccionando la sociedad americana y su evolución durante el siglo veinte. Por ello el arco narrativo es amplio: aunque se centra sobretodo en los años sesenta, para empezar resume la vida de los padres de Dell Parsons, dando pinceladas desde los años cuarenta mientras aprovecha para presentar el mundo de los inmigrantes europeos -sobre todo del este- en contraposición a las familias clásicas del medio oeste americano. Y llega hasta nuestros días, desde esos sesenta, en base de una buena elipsis y algún resumen bien traído.

Canadá no habla mucho de Canadá: trata de lo que suponen las fronteras y la problemática de los pueblos fronterizos; habla de personas abandonadas y de ciudades igual de abandonadas, y de almas torturadas que huyen para dejar atrás sus demonios.

Para entreternos, pero sobre todo para hacernos llegar sus reflexiones, Ford usa a Dell Parsons como narrador “afectado”. Sí, cuando era un chaval hizo “cosas interesantes”, pero su gran valor reside en cómo transmite desde la madurez el impacto sobre él de los actos que protagonizaron sus padres, primero, y Arthur Remlinger, después. Porque este es uno de los grandes temas de la novela: la pérdida de la inocencia.

Estamos ante una novela agradable de leer, que pone en juego personajes carismáticos y muy bien definidos y los evoluciona magistralmente a lo largo de una trama que parece sencilla sólo porque está construida con maestría, ya que la cantidad de niveles a los que se puede leer la hace recomendable para todo el mundo.

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