El Último Encuentro (Sandor Marai, 1942)

A Sandor Marai no le dieron el Nobel: tardaron CINCUENTA años en traducirle desde su húngaro natal. “El último encuentro” fue escrito en 1942 y publicado en castellano en 1999 y en inglés en 2001. Se había suicidado de un disparo en la cabeza en 1989, tres años después de la muerte de su mujer y tras perder a su hijo adoptivo, del que tuvo tres nietas

Nacido en una familia noble húngara en el 1900, estuvo fuera de lugar toda su vida: nostálgico de un Imperio Austrohúngaro que se desintegró tras la Primera Guerra Mundial, enemigo declarado de los fascismos en auge durante su juventud -especialmente el nazismo- y contrario el comunismo de Stalin, acabó exiliándose a Estados Unidos para seguir escribiendo en húngaro, aunque sus trabajos estuvieran prohibidos en su país tras la fallida revolución de 1956.

“El Últmo Encuentro”, si lo tradujésemos a pelo del húngaro, lo conoceríamos como “Las velas arden mientras quede cera”, un título que refleja mejor el tono de la novela y no reduce la complejidad de la acción a un último encuentro. De hecho, más que un encuentro, se trata de una reflexión que roza el monólogo de un aristócrata húngaro ante la visita de un antiguo amigo polaco con el que se formó en la escuela militar de Viena en tiempos del Imperio. La narración se centra en el encuentro, pero a través del diálogo (o monólogo, según se mire) recorremos la evolución de Europa desde mediados del siglo XIX a finales de la segunda década del siglo XX.

Saldremos de un palacio en los campos húngaros y viviremos las luces de Viena, su música, sus calles y su gente; nos adentraremos en los entresijos de las cortes en Viena, en París y en Hungría; nos explicará la vida de un colono en el sudeste asiático y, sobre todo, sin entrar mucho en detalles de la trama, el libro alcanza cotas maravillosas cuando el anciano aristócrata nos explique cómo han ido cambiando sus sentimientos ante un hecho traumático ocurrido hace cuarenta y un años y cuarenta y tres días. Hay reflexiones muy poderosas que te dejan absorto con tu cuerpo en un asiento cualquiera y tu mente en un bosque húngaro a finales del siglo XIX. Y hay tres personajes profundamente definidos.

El libro avanza lento y de manera circular, dando vueltas al tornillo de la trama para ir penetrando en la complejidad de los hechos y los personajes, todo magistralmente gestionado por Sandro Marai, con tendencia al monólogo y a la reflexión y al reposo. Si las palabras “reflexión” y “lenta” no te tiran para atrás, debes agenciarte de inmediato una copia de esta novela y preparate de disfrutar de un viaje apasionante y toneladas de madurez incisiva.

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